Desconcertante. Pocas lecturas recuerdo tan intensas y a la par inquietantes como la novela de la mexicana (aunque fronteriza) Cristina Rivera Garza. Quizás sea la brevedad del libro, apenas 170 páginas; quizás sea la sobriedad con que esta vez la autora construye y elabora una historia claramente reconocible, casi un pastiche gótico; quizás sean esas escenas bañadas de misterio y ecos fantasmagóricos --la lluvia constante, el mar como metáfora de la muerte y del inconsciente, ese monstruo marino, o la vieja sin ojos que llama la atención del despavorido protagonista--. Quizás debiera retrotraerme a otro libro excelente de la misma autora: La muerte me da. Es decir, "retroceder" un año para entender por qué uno a veces no sabe, como el narrador anónimo de La Cresta de Ilión, las causas de las cosas.
Intensa e insatisfactoria porque Cristina Rivera Garza vuelve a insistir en el error con una elegancia que, exenta del magnético lirismo de Nadie me verá llorar, apuesta por la frialdad y el terror que produce una historia inconclusa, inexplicable y contradictoria. Así, la experiencia del lector no puede ser sino frustrante: el lector quiere saber, ya no saber más, sino simplemente saber algo seguro. Sobre todo, porque durante las primeras setenta páginas la historia se sostiene, es comprensible, tiene centro y desarrollo lineal. Y a partir de entonces todo se deshilacha, todo se torna realmente poético o intencionadamente ambiguo.
El argumento. Habría que comenzar, por tanto, resumiendo un poco la trama. La historia podría ser: una mujer joven llama a la puerta del protagonista una noche de lluvia; éste, sumido en una vida aburrida y ordenada, le abre la puerta y la invita a pasar. Una vez dentro la joven dice llamarse Amparo Dávila. Al poco, llega una segunda mujer, la mujer a la que realmente esperaba esa noche, su ex amante que cae convalesciente por una enfermedad indeterminada. Amparo Dávila dice ser una gran escritora, dice conocer de antes al protagonista y, también, requerir su ayuda. ¿Cómo puede el narrador ayudarla?, se pregunta. Encontrando el manuscrito que pondría fin a su Desparición (¿literaria, existencial...?).
Las dificultades. Pero tarde o temprano la lectura debe problematizarse. En este caso, me parece, dos son las claves: en primer lugar, la inclusión de personajes no ficcionales en la novela, en concreto, el personaje de Amparo Dávila, que pronto se desdobla en una Amparo Falsa (la huesped del protagonista) y otra Verdadera (la vieja loca). Para más tarde confundir aún más al narrador (y claro, al lector) confensando que ella misma no sabe si es realmente Amparo Dávila.
La figura de la escritora mexicana, por otro lado, no sólo cumple la función de cuestionar el estatuto real de los hechos narrados y, sobre todo, desestabilizar las identidades como un gas insasible; también sirve a Cristina Rivera Garza como origen textual, mejor dicho, su obra --la obra de Amparo Dávila, sus cuentos--. Pues parece ser --y esto es una sospecha: no la he leído, sus cuentos no están editados en España-- que la historia de La Cresta de Ilión no es sino una reelaboración de muchos de los argumentos de Dávila. Hay, de hecho, coexistencia textual incluso en los personajes: ese Moisés y Gaspar que dan título a uno de los cuentos de Dávila y que en Rivera Garza cuidan al narrador enfermo. Y un paratexto al inicio y varias citas en cursiva que no pertenecen a la de Matamoros.
Y sin embargo, el problema no es de índole nacional: no creo que la lectura de un español o de un catalán o de un europeo o de un argentino pueda distar mucho de la de un mexicano. No se trata de reconocer el juego intertextual que, pretendidamente, podría estar realizando Cristina Rivera Garza. Precisamente: la autora ha escogido a Amparo Dávila porque sabe que tanto en su país como en el resto de Latinoamérica y España es considerada una escritora de culto. Es decir, se sabe que es "una gran escritora" pero ni se lee ni ha tenido herederos literarios. Más aún: Cristina Rivera Garza confecciona una novela que, puediendo ser un homenaje autocomplaciente a una autora con la que se siente afín, aboca a Amparo Dávila en la más completa oscuridad. De alguna manera la esteriliza.Y eso es muy positivo. Como en La muerte me da, la autora escribe en contra de los discursos totalizantes: hay en sus textos siempre varias líneas de fuga por donde el sentido se derrama en multiplicidades.
Ese punto ciego que se desdobla, se repite y se dispersa es lo que confiere valor --junto con un lenguaje exquisito y una capacidad de síntesis poética apabullante-- a sus narraciones. Ahí es donde debemos llegar para permanecer como lectores. En lo irresoluto.
La otra estrategia, como decía, consiste en problematizar el binomio sexo/género del protagonista. Como en Cómo me hice monja de César Aira, en esta novela asistimos a una radical dislocación entre la autopercepción del protagonista, que también es el narrador, y la percepción que los otros tienen de él. O mejor dicho, el conocimiento que los otros tienen de él. Así, las Amparos Dávilas que pueblan como fantasmas la novela acusan repetidamente al protagonista de ser, en realidad, una mujer. Le confiesan muy quedas al oído que saben su secreto. Y, por ende, se refieren en femenino a un narrador que ha demostrado anteriormente con creces su virilidad: no sólo se refiere a sí en masculino, sino que explota muchos de los tópicos con que la masculinidad ha sido caracterizada en nuestra cultura: la hipersexualidad (el narrador constantemente expresa sus fantasías sexuales con mujeres) y la infidelidad (la historia de amor malograda con su ex amante). Incluso podría decirse que Cristina Rivera Garza logra engañar al lector, es decir, contradecir la aseveración de las Emisarias en tanto que se ha servido de un discurso rayano al machismo.
Me explicaré: en numerosas ocasiones el narrador, esa garantía de verdad a través de la cual el mundo ficcional se nos informa, se dirige al lector distinguiendo entre hombres y mujeres. Es decir, concibe como fundacional la diferencia sexual --de ahí el hueso de la cintura al que alude el título--, divide a sus lectores en dos con un simple "Para los hombres diré...", en cambio, "Para las mujeres tendré que explicar lo siguiente....". E implica una diferencia en el lector implicado: el signidicado de la narración diferirá en función de quien interprete --por supuesto, he aquí la trampa, el narrador siempre se identifica con lo masculino aunque, en efecto, "en otra vida" haya sido mujer. Y no sólo eso: haya sido también lesbiana.
Probablemente en La Cresta de Ilión la principal línea de fuga se halle en la diferencia y el desfase entre biología y performance de género --entre las dos vidas del narrador. (¡ojo! Parece que cuando hablo de "dos vidas" esté hablando de reencarnaciones. Aquí no hay nada de eso, mon Dieu, me refiero sólo a un cambio de sexo). Rivera Garza concibe el deseo desde coordenadas exageradamente heterosexistas precisamente para señalar el vacío, la falta de sustancia, la pose paradójicamente misógina de un hombre que siente pavor por las mujeres. Por la igualdad: porque él ha sido antes el mismo objeto que le infunde miedo.
¿Retorno de lo reprimido?
Quizás: pero la paradoja persiste y el deseo también.